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CONVICCIONES

Migraciones como Termómetro de la Historia. Bergoglio x Trump

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Papa Francisco y Hna. Neusa
Papa Francisco y Hna. Neusa

Dicen que los extremos se tocan. Pocas figuras de abrangencia mundial se ven hoy tan opuestas como Jorge Mario Bergoglio y Donald Trump. Y el campo de las migraciones constituye justamente el escenario donde el desencuentro es más incisivo y contundente. De un lado el Papa Francisco desde su elección ha demostrado una sensibilidad y una solicitud sorprendente ante del fenómeno migratorio. De otro, el 45º presidente de los Estados Unidos de América, desde su campaña electoral y después de su victoria, aparece en cena como adversario tenaz de la inmigración. 

Semejante cuadro evidencia, una vez mas, que las migraciones figuran en la historia como “señal de los tiempos” en el lenguaje de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI). Señal negativo de crisis y contradicción y, al mismo tiempo, señal positivo de encuentro e intercambio cultural. Si por una parte millones de personas y familias son arrancadas de su tierra nativa debido al hambre, a la violencia y a la guerra, de otra, los mismos personajes abren surcos en el terreno de trayectoria humana para el lanzamiento de nuevas esperanzas de vida. La aridez de la separación y del sufrimiento se combina con la fertilidad de múltiplas formas de convivencia humana, que a todos pueden hacer crecer y enriquecer.

Emerje con fuerza la ambiguedad de toda crisis. En esta, hay siempre momento de las caídas, de las lágrimas, de las adversidades y de los contratiempos. Momentos de la miopía y de la ceguera, donde el dolor y el sufrimiento impiden una visión de futuro. Pero hay también el momento de la encrucijada, de enjugar el llanto, levantar la cabeza y constatar los nuevos caminos que la propia crisis abrió. La encrucijada, de hecho, presupone dos cosas: caminos diversos y posibilidades de elección. Permite mirar el horizonte en términos prospectivos. Mientras la crisis puede convertrse en un instrumento capaz de construir formas sociales petrifiadas, cristalizadas y fosificadas, la encrucijada irrompe como un tiempo oportuno para cambios que llevan a la construcción de sueños personales y colectivos.

Entre una y otra, se encuentra el migrante, como una especie de termómetro de la historia humana sobre la faz de la tierra. Crisis inesperadas, o desenraizan u ogligan a marchar, a percorrer caminos inhóspitos y desconocidos. Lo fuerzan a enfrentar muros, barreras, fronteras, leyes restrictivas, preconceptos, discriminación, xenofobia, persecusión ... y hospitalidades de toda orden. Pero la resistencia y la obstinación lo hacen simultáneamente más frágil y más fuerte. De tal manera que la encrucijada lo lleva a alzar la mirada y hacer de la fuga una nueva búsqueda. Con coraje redoblada, pone los pies en la entrada y, mismo con nostalgia de la tierra de origen, lucha, sueña y trabaja por una sociedad donde todos pueden ser ciudadanos de una misma patria.

Semejante obstinación y valentía coloca en la tierra de destino semillas de diferentes formas de vida, sea ella personal y familiar, social y económica, política y cultural. De la misma manera que las alas del viento fecundan el suelo de semillas nuevas, el impacto de las migraciones a lo largo de la historia, crea o robustece nuevas formas de sociedad y hasta nuevos países. Scalabrini, en el final del siglo XIX, ya prevenía sobre el lado negativo y positivo de los movimientos humanos. Lo mismo ha hecho la DSI en sus documentos direccionados para el tema de la movilidad humana.

De esto se concluye que el migrante, frágil y fuerte al mismo tiempo, entre en escena como protagonista y profeta de cambios y de nuevas formas de organización social. Al ponerse en marcha, hace marchar a los demás agentes de la historia. En la salida, cuestiona desde la raíz las injusticias y asimetrías que dividen el mundo; en el tránsito, rompe y supera obstáculos; en la llegada, exige mayor distribución de los beneficios del progreso y de la tecnología. En una palabra, profetiza el “desenvolvimiento integral como base de la paz”, de acuerdo con la Carta Encíclica Populorum Progressio (1967) del entonces Papa Pablo VI.

P. Alfredinho, cs. Roma, 7 de marzo de 2017.

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